El pasado 20 de febrero, y de una forma bastante accidental, iniciamos un relato a varias manos a partir de una de mis entradas (“Hallazgo Im-presio-nante”). Dado que el relato languideció hasta perder la voz, he ordenado los párrafos, y añadido alguno nuevo, de manera que la historia fuera más o menos coherente. Al final de cada uno, entre paréntesis, el número correspondiente a cada autor, cuyos nombres se detallan al final.
Fue un gran experimento, semi truncado, como la vida misma, pero positivo, muy positivo. Gracias a todos los participantes. Aquí lo tenéis.
De hecho, todos somos más inocentes que tú.
He encendido otro cigarro. Se que te molesta, pero sabes también que es mi vicio preferido, quizá el único de lo que me va quedando de la vida que tu conociste.
Me desconciertan tus reflexiones o quizá soy yo que soy propenso a desconcertarme aunque no reflexione. Haré lo que me digas, no quiero que me guardes rencor, porque bastante rencor tengo con mi propio corazón por lo que he hecho. Ojala tuviera coraje para prometer algo positivo. (1)
Ojala tuviera algo positivo en lo que creer, pero así están las cosas, y ya ni siquiera me esfuerzo en prometerme algo a mi mismo, tal vez cuando acabe todo esto acabe vea las cosas de forma diferente ¿es eso positivo? (2)
Cuando Maria terminó de leer, apuró el cigarrillo en un gesto dramático, como quien aplasta un insecto, aunando aprensión y sadismo en una mezcla propia. Poco quedaba, pues, de la vida que ambos conocieron. Había adoptado ese vicio preferido que tanto le molestaba de Pablo; ahora, era ella quien fumaba.
Solo pensaba: Demasiados ojalá, demasiadas afirmaciones gratuitas. ¿Qué es lo que vería de forma diferente? (3)
Fue hasta la máquina. Recogía las monedas mirando por la ventana. Si él saliera al balcón tal vez la vería tras los reflejos encendiendo el tabaco. ¿Cómo alguien tan cínico podía ser al mismo tiempo tan esquivo? se preguntaba. Demasiado cinismo. ¿Y si esta vez, después de todo, resultara algo diferente...? No. Sólo sería otra promesa intercambiable por una aún mejor. (4)
Tantas promesas le había hecho ya para guardarla a su lado. Promesas olvidadas, perdidas en el montón... Si, si saliera tal vez la vería. Tal vez vería la desesperación en su mirada. Levantó el cuello de su abrigo. Aun no, no se resignaba en dejar sus pasos alejarla de esta ventana. (5)
Bastaba hurgar en el bolso para hallar además de cartas los recuerdos, ahí sobre el labial aquellos besos, y entre las llaves aún su perfume regado por la habitación... Superar los recuerdos. ¿Por qué no baja por cigarrillos? ¿Le diría simplemente: María, bajo por unos cigarrillos, vuelvo en unas horas, tal vez mañana? La tonta. No. Calla. ¿Habrá alguien más allá arriba, le contará sobre la cruel María pero diciendo mi nombre? Sí, somos más inocentes que tú. No puedo hablar, me decía, te dejo la nota donde siempre. Y ahora habla sin decir nada. ¿Serviría de algo si bajaba? Dejó enfriarse otro cortado. (4)
Distraídamente, metió la mano en su bolso, sin buscar, solo palpando sus tesoros. Entre ellos, un bolígrafo de tinta azul, modesto, casi vulgar. Y cogiendo una servilleta, empezó a garabatear. La escritura automática era un hábito en ella. Derramó tinta, literalmente, hasta que, en un gesto rápido, dobló la servilleta, agarró el bolso, y se levantó.
Salió al frío de la calle ya desierta. Sola. Con sus cigarrillos. Se encaminó hacia el coche. Subió, y con Stagnation a todo volumen, rugió con rabia al tiempo que rugía el viejo motor. Conducir alocadamente la relajaba. (3)
Conducía rápido, muy rápido, tentando la suerte de toparse con un control de carretera. Seguía con pericia las curvas, recorridas tantas veces, que casi merecerían llevar nombre propio. - Cincuenta y seis, cincuenta y siete – clamaba en voz alta, casi gritando –¡setenta y dos, setenta y tres!-. Deprisa, chirriando neumáticos hasta llegar a la ciento trece, la última.
A su izquierda, el acantilado caía en picado hacia el mar, calmo en esa hora tardía que antecede a la noche. En su cabeza, resonaban las palabras de él, las últimas que recordaba: Eres vulgar, vulgar y ordinaria como todos. Convencional, tienes hijos, es lo normal…eres ordinaria…ordinaria…ordinaria... (3)
Aquí tiene sus efectos personales, me dice el de la cara cetrina… Todos los policías me parecen iguales; este, de aspecto más siniestro todavía es el que me empuja hacia la puerta con gesto condescendiente, mientras yo aprieto contra mi pecho el bolso destrozado de María. (3)
Ayer, cuando regresé del trabajo, después de una jornada particularmente dura por razones que no vienen al caso, me derrumbé en el sofá y me quedé durante mucho tiempo mirando aquel cuadro del que María se encaprichó en un viaje de vacaciones a Lisboa. Es de las pocas cosas materiales que conservo de aquellos años comunes que compartimos. Me dices que no soy inocente. Lo se, pero no quise ser cruel con mis decisiones. Quizá egoísta, muy egoísta pero eras tu, pensaba entonces, quien me esperaba. Seré incapaz de comenzar algo nuevo. Me queda un trabajo en el que me refugio y el recuerdo de unos ojos en los que descubrí la vida, pero también el vacío del desconsuelo. (1)
(1) Escéptico
(2) Justi Ficant Sales
(3) Emejotace
(4) Orijazz
(5) Nº6